25 Enero 2012
16 Septiembre 2011
Estimados amigos : Deseo compartir con ustedes la presentación de mi novela "LA NOCHE DE LA FLOR DEL CACTUS" que se realizará en el marco de la 5ª FERIA REGIONAL DEL LIBRO DE SAN MARTÍN DE LOS ANDES el Domingo 25 de Septiembre de 2011 a las 18.10 hs. A los que puedan asistir muy agradecida. Saludos cordiales. Ana María Manceda
Román Sabatier es arqueólogo. Nacido y criado en la zona de La Vega de San Martín de Los Andes junto a su familia y a un viejo mapuche, Abel Furiman, aprende a amar la historia natural que transmite la geografía de esta región patagónica. Ya recibido y siendo profesor e investigador de la facultad de Ciencias Naturales de la Universidad Nacional de La Plata estallará en su vida un juego trágico del destino. Los acontecimientos familiares estarán entretejidos entre la ciudad de La Plata, San Martín de Los Andes y las vicisitudes políticas de la Argentina de 1973- 1974; juventud, nostalgia, utopías, amores, amigos, discípulos, familia, arqueología, ecología, estarán inmersos en los años de una década que determinó la vida de los argentinos sin concesiones.
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14 Mayo 2011

HOMENAJE A ERNESTO SÁBATO. FRAGMENTOS DE LA NOVELA " LA NOCHE DE LA FLOR DEL CACTUS" ANA MARÍA MANCEDA
La jornada había sido intensa y todos estaban agotados. Inés aceptó la invitación de pasar la noche en casa de su hermano. Luego de despedir a Victorio, bajo la promesa de éste de ir a preparar la materia que tenía pendiente hace meses se dedicó a los mellizos. Éstos se alborotaron más de la cuenta y acapararon la atención de su tía, los disfruto al máximo, los acompañó en su baño, los ayudó a ponerse los pijamas y ante la insistencia de los mellizos les leyó unos cuentos condimentados con datos de cosecha propia. La dejaron sin imaginación, las preguntas sobre brujas y monstruos se mezclaban con personajes reales, debió buscar la forma de no alarmarlos y así lograr que se durmieran plácidos.
Una vez en su dormitorio, Inés se preparó a disfrutar de la soledad y el silencio que reinaba en la casa, situada en la zona aledaña al centro de La Plata, donde predominaban casa-quintas o residencias de fin semana. Se dispuso a seguir leyendo "Sobre héroes y tumbas" de Ernesto Sábato, se sentía más madura para interpretarlo, lo había intentado cuando tenía diecisiete años, pero le fue imposible seguir esa manera en la que el escritor expresaba la simultaneidad de pensamientos diferentes e inconexos casi al mismo tiempo, de esa permanencia del pasado en el presente, sin estar organizado cronológicamente. Siguió leyendo un rato, el cansancio la fue venciendo, el libro se le cayó de las manos y se durmió. El tiroteo comenzó a la madrugada, Inés se despertó aterrorizada. ¡Pedro...Pedro!Creía vivir la trágica noche del asesinato de su hermano menor, su cuerpo paralizado parecía a su vez correr por los pasillos de la casa, se mezclaban el sonido del tiro con el murmullo del movimiento de las ramas del bosque y el salto de las aguas de la cascada...´
Fragmentos de la novela "LA NOCHE DE LA FLOR DEL CACTUS",capítulo " Semana Santa en Gonnet" de Ana María Manceda
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17 Octubre 2010

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Bienvenido otoño
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"LOS PASOS DE LOS DUENDES SOBRE LAS HOJAS CAIDAS DEL OTOÑO."
En revista bilingüe francés-español ARCOIRIS 27. EN BIBLIOTECA DE NUEVA YORK.
. En Antología "EL COLOR DE LAS PALABRAS" Presentada en Feria del Libro Regional 2009 de San Martín de Los Andes.Patagonia Argentina
Ser docente y atender a una familia no es poca cosa. Llego corriendo a cocinar, luego de tirar la cartera y los libros en un sillón, me coloco el delantal y comienzo a preparar la salsa, luego pondré el agua a hervir para los fideos. Me encanta sentir el olor del ajo, el perejil y el laurel dorándose con la carne picada ¡ Ay! se me fue la mano con la sal ¡ También! Me quedé enganchada con la clase ¡ Cómo me podría sustraer al apasionado mundo del cosmos! ¡Las caritas de los chicos cuando una explica el Big-Bang, la expansión del universo, los cuásares, los agujeros negros!
Al tomar conciencia me admiro de todo lo que podemos hacer las mujeres en una hora ¡ Ni que decir en un día! . Mientras abro la lata de pomarola recuerdo que tengo que poner la ropa de color en el lavarropas. Con un pie cierro la heladera y cuando paso por un pequeño espejo que coloqué estratégicamente en un lugar aledaño a la cocina me asombra ver mi imagen. Antes de volver al colegio por la tarde, necesito un buen retoque, con este aspecto no puedo presentarme ante los alumnos.
Todo listo para comer, escucho la puerta, suena el cencerro de bronce, seguramente es mi eternidad. Siempre me emociona su llegada. ¡Lucio fue tan esperado!¡ Lo amo tanto!. Como todo pre-adolescente tiene días que está comunicativo y otros que las únicas palabras son; _ Bien; - Nada. Lo que sí le gusta y se devora es lo que cocino. Su padre llega más tarde y la vorágine cotidiana nos envuelve. Hoy es un día que no charla mucho, está pensativo, me sumo en mis pensamientos. ¡ Hm! Por la tarde tengo que dar fotosíntesis _ ¡ Chicos, este proceso es la base de la vida! Sin las plantas en el planeta no existiríamos, las hojas poseen clorofila para captar la luz del sol y las raíces absorben el agua de la tierra, con estos elementos... ─¡ Mami....Fito escuchó a los duendes...! Mi mente parece un torbellino y aterriza.
─Perdón hijo ¿ Qué me decías?
─Ves, después me decís que no te cuento nada.
─Bueno...bueno, te pedí disculpas, por favor explicame lo de los duendes.
─Lo que pasa es que a vos no te gusta ir de campamento.
¡Hm! Pensé en mi pobre columna, en mi cómodo colchón y todo lo demás que necesitaba para el bienestar.
─Lucio, sabés que los fines de semana corrijo trabajos, el tiempo me es escaso.
─¡ No! A vos te gusta estar con los libros, además no creés en los duendes para vos si todo no está comprobado no existe.
Me sentí angustiada y culpable, como todas las madres que trabajan.
─No es tan así Lucio, por favor, contame la historia de los duendes ─. Su cara se iluminó.
─La Abuela de Fito, que tiene ciento tres años, cuenta que los duendes que andan por el bosque, son pequeñitos, como gnomos. Resulta que una vez Dios tenía un ayudante que era su mano derecha pero éste era muy ambicioso y egoísta, él quería tener todo el poder. Dios, enojado, lo echó del cielo y al cerrar las puertas quedaron fuera muchos ángeles que seguían al malvado. Al vivir tanto tiempo en la tierra éstos perdieron sus alas, ahora vagan arrepentidos por los bosques. La abuela vivió siempre en el campo y dice que los vio, ahora que no se puede mover vive en el pueblo, pero Fito fue de campamento con los padres y me juró que los escuchó.
Seguimos charlando sobre el tema, en esta zona de la Patagonia es muy común escuchar leyendas de origen mapuche, historias de ovnis u otras con matices mágicos. Llegamos a un acuerdo, el próximo fin de semana largo iríamos de campamento ya que pronto llegaría la temporada de lluvias y nevadas.
Camino hacia la escuela se mezclaban en mi mente dos temas; la fotosíntesis y el campamento...¡ Uy...uy..! Utensilios, víveres, antiinflamatarios. En fin, debo dejar de rumiar los preparativos y poner manos a la obra. En algo tenía razón mi hijo.
Y llegó " El Gran Día", elegimos Semana Santa, que para nuestra suerte cayó los primeros días de abril. San Martín De Los Andes es muy estable, climáticamente hablando, para esta época, noches y mañanas frías, soleadas y tibias a la hora de la siesta. El colorido impresiona los sentidos, uno se enfrenta con luminosos colores verdes, ocres, rojos, amarillos... el cielo azul...muy azul.
Durante el trayecto a Yuco, lugar elegido para acampar, observamos con detenimiento el paisaje. El Cerro Chapelco empieza a mostrar manchones de nieve y los senderos del bosque se alfombran de Otoño. Ni bien llegamos nos dedicamos a armar la carpa, el tiempo apremiaba, teníamos que ganarle al crepúsculo. En realidad este trabajo no me gusta mucho pero es tanto lo que hay que hacer y el entorno es tan bello que mi fastidio se esconde en las tareas. Sammy, la perrita Fox_terrier, tan querida por nosotros, corre como loca hasta el lago y vuelve alegre a recibir mimos para luego retomar su circuito. Los animales captan de manera extraordinaria la libertad de la naturaleza.
Desde la entrada a la carpa se ve el majestuoso lago Lácar ¡ Cuánta belleza y misterio encierra! Dejo volar mi mente recreando la época de las glaciaciones que lo formaron y una agradece que el destino nos haya traído millones de años después a vivir en esta geografía. Hay que hacer la hoguera, Lucio y su padre buscan ramas para alimentar el fuego. Preparo el mate, lo compartiremos junto a la fogata mientras se hace la comida, la noche se está anunciando y el frío también.
Comemos cordero con papas, a la olla y bien condimentados, bebemos vino, gaseosas y charlamos. Las ideas surgen como una lluvia benefactora, nos olvidamos de discutir sobre la economía hogareña, la ropa tirada, los platos sucios. Conversamos sobre leyendas, sobre el " Cuero del lago" que muchos nativos vieron flotar en distintas épocas, de los ovnis que estacionan detrás de algún cerro, o de los que salen velozmente desde las profundidades del lago. No puedo con mi genio y al mirar el cielo espectacular, con la Cruz Del Sur indicando soberana nuestro hemisferio, pienso en voz alta lo maravillosos que es estar viajando en esta nave azul, acompañando al sol en su viaje por el espacio ¿Qué seres de otras galaxias o desde la nuestra, nos acompañarán en este fascinante deambular por el cosmos? Los ojos de mi hijo se encuentran con los de su padre, cómplices, como resignados a esta mujer educadora. Luego, el silencio. Al acostarnos solo se escucha el murmullo del bosque.
La mañana nos sorprendió muy fría, vigorizante y le devolvimos la sorpresa con nuestras risas, no es común que despertemos con tan buen ánimo, siempre apurados y conscientes de nuestras obligaciones. Sammy, feliz con los paseos. Lucio y su padre tratando de aprovechar los últimos días de pesca permitida. Me deleito observando la vegetación, la riqueza de este bosque patagónico, la mente medita y goza.
En vísperas de nuestro regreso al hogar decidimos como cena de despedida asar las truchas pescadas. ¡ Un manjar! Luego de las tareas posteriores a la cena nos preparamos para dormir, hacía frío, me acerqué para abrazar el cuerpito caliente de mi hijo ¡Doce años! ¿Cuántas ilusiones jugarían en su cabeza? El tiempo pasaba y seguía abrazada a él, pensaba que la rutina no nos permite preguntarnos estas cosas ¿ O será que el futuro nos da cierto temor? Los padres siempre estamos ayudándoles a construir su propio destino pero pocas veces tratamos de conversar con ellos sobre sus sueños, sus anhelos, sus miedos. Es como si quisiéramos empujar el tiempo, pero en realidad ellos nos necesitan¡ Ya!¡ Ahora!
Mi marido dormía y Sammy estaba descansando arrollada a los pies de Lucio, cuando en el silencio de la noche se escuchó el crujir de las hojas sobre el suelo otoñal. La perra se incorporó, movió las orejas como buscando la dirección de los sonidos. Lució se sentó como un resorte y me miró, nuestras miradas se cruzaron y recordé que se parecían a las milagrosas miradas de ese único e irrepetible momento en que lo amamantaba. Con una voz casi quebrada me dijo ─¡ Los duendes!─. Escuchamos juntos, abrazados, cómo los reposados pasos hacían sonar las hojas, como teclas de un piano. Luego se alejaron, suavemente, dejándonos una milagrosa melodía en nuestros oídos y en nuestros espíritus. Lucio seguía mirándome, en ese momento quise atrapar el instante en que su niñez huía hacia la adolescencia y supe que sea cual fuere su destino, jamás olvidaría que cuando escuchó el paso de los duendes sobre las hojas caídas del otoño, estaba abrazado a su madre.
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servido por ANA MARÍA
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17 Octubre 2010
LAS DULCES HIERBAS DEL ESTÍO
Seleccionada( por Cetámen internacional) para Antología “Pinturas.
literarias”EditorialNovelarte,Córdoba,_Argentina2006.
AUTOR: ANA MARIA MANCEDA
El calor era el compañero continuo de nuestros juegos. Comenzaban por la mañana temprano y luego de una siesta obligada, terminaban cuando la noche, con su frescura, nos acariciaba tendidos en el pasto, tirados boca arriba, viajando por las estrellas.
El fondo de la casa estaba dividido en patio, parque, huerta y gallinero. Teníamos sesenta metros de largo para nuestras correrías, ni las plantas de tomates se salvaban, ya que los surcos que las separaban para permitir su riego, eran el refugio ideal de nuestras escondidas. Éramos una pequeña pandilla; los vecinos, Tito y su hermana Betty, de mi edad, mis hermanos menores y yo. Al ser la mayor organizaba los juegos. Mi preferido era filmar películas, los hacía sentar en el pasto o en cajones de manzanas en el gallinero, las estilizadas cañas y las gallinas eran los otros sufridos espectadores ante mis dramáticas actuaciones. Yo era la actriz y los demás personajes, todos terminaban llorando, por supuesto el gallo cacareaba, pues casi siempre me moría o hacía de monja que abdicaba de la vida por amor. Cuando Betty exigía su derecho de hacer ella una película, la sufría especulando con un argumento que diluyera con su dramatismo el esfuerzo de mi amiga, yo Elisa Guzmán no permitiría jamás que su actuación opacara mi juego preferido. Otra diversión que nos fascinaba era organizar el bautismo de las muñecas. Con ayuda de las tías, confeccionábamos los vestidos para la ocasión. Ese día las muñecas de porcelana lucían hermosas. Entre ambas familias reuníamos unas siete. Tito se disfrazaba de cura, con unas grandes carpetas de puntillas al crochet de su madre y la tarde se convertía en fiesta. Masitas, sándwiches y para beber, granadina. Hasta invitábamos a otros chicos de la vecindad.
En las tardes en la que el calor se sentía insoportable, conectábamos la manguera y nos empapábamos, por supuesto, teníamos permiso para estar en malla. A la hora de la merienda, hacíamos tiempo cortando de unas hierbas que crecían en la cerca de Ligustrum que lindaba con nuestro vecino, unos frutitos de sabor agridulce al que llamábamos “huevitos”. Sentados en el césped, aromatizados por el olor de los tomatales, las flores, el verano y la niñez, comíamos ansiosos sándwiches de tomate con aceite, sal y pimienta acompañados de un cóctel confeccionado con huevos crudos batidos, azúcar y un chorro de vino moscato. No podíamos estar débiles ni delgados.
Nuestro vecino de la cerca de Ligustrum era Don Alberto, nos divertía espiarlo por algún claro de la ligustrina , con la excusa que buscábamos los “huevitos”. Era el vecino más rico, vivía con su mujer, concertista de violoncelo del teatro Argentino, un soberbio perro, ovejero alemán y un loro. No tenían hijos, eran socios del Jockey Club y eran los únicos que tenían auto, un descapotable amarillo. Cuando lo manejaba por el barrio la gente se arrimaba a las veredas para admirarlo al pasar. Las amas de casa suspiraban por tener la vida que el matrimonio hacía.
El loro “ Pepito” estaba enseñado por la mujer de Don Alberto para que contestara al saludo de éste. Cuando el viejo paseaba por el parque con su perro, su pelada brillante, su robe de toalla semi-abierto, dejando entrever sus flacas piernas, bajo su voluminoso abdomen, le decía_ Buenas tardes Pepito, el loro le contestaba _ Buenas tardes, vieja loca, vieja loca. Nosotros nos tapábamos la boca para no estallar de la risa.
Al llegar el otoño aún quedaban tardes calurosas, si bien el perfume en el aire era otro, en la casa se olía el olor a incienso y a las velas que la abuela prendía en el altar de su cuarto por ser Semana Santa. Igualmente se percibía un cambio en el color de la luz solar y la huerta que en verano rebosaba compitiendo con las hierbas del parque, se iba marchitando, permitiendo el lucimiento de los frutales de invierno, que ostentaban la formación de sus frutos. Mi padre tenía que llegar de viaje, la casa se preparaba para recibirlo con empanadas, ahí andaban la abuela, mi tía y mi madre en todos los quehaceres. Con mis hermanos saltábamos cada tanto por unos tirantes del cuartito, donde se guardaban trastos viejos, que hacía de escalera y subíamos a la terraza. Desde ahí podíamos divisar el vasto horizonte, quebrado por alguna arboleda añosa, ya que las casas eran bajas y nos permitía mirar la ruta de acceso al barrio. Ante los retos de mi madre bajábamos corriendo de nuevo a jugar. Al atardecer al fin arribó, traía regalos para todos, para mí un pequeño y maravilloso cordero negro. Parecía un dibujo animado. Ramón correteaba por el césped, un poco descuidado por la ausencia paterna.
En esos días, al llegar del colegio y antes de almorzar, tiraba mis útiles en algún sillón del living y desesperada salía a saludar a Ramón. Jugábamos, lo abrazaba, lo besaba, sentíamos un amor mutuo. Los gritos de las mujeres eran el coro que nos acompañaban, el guardapolvo blanco se transformaba en una pintura surrealista de verdes y marrones. Las manos de mi madre quedaban coloradas de tanto fregar en la batea la complicidad de mis juegos con Ramón. Ese período otoño- invierno fueron uno de los más felices de mi infancia. Los días feriados, mientras mi padre escuchaba por la radio los discursos de Perón en la Plaza de Mayo y se dedicaba a la huerta, nosotros seguíamos con nuestras correrías. Ramón no se apartaba de mi lado. El ovejero alemán de Don Alberto se volvía loco con nuestro bullicio y seguro olía la presencia del corderito. Los padres de Tito y Betty eran antiperonistas, en esas ocasiones aprovechaban a deambular por el fondo de su casa para comenzar, a través de la cerca de alambre que nos separaba, una inocente conversación con mi padre, que terminaba en discusión. Reprochaban la quema de las Iglesias y predecían la caída del gobierno de Perón. Mi padre exasperado les decía- Lo que pasa que ustedes son unos gorilas. En el centro de la escena nosotros seguíamos haciendo de las nuestras y en el cerco opuesto, a través de la ligustrina, el ovejero alemán nos ladraba, el loro repetía - Vieja loca, vieja loca, señal que Don Alberto andaba chusmeando las discusiones de los vecinos. Desde ya que el no se dignaría a discutir, estaba más allá de todo, era el Gran Gorilón.
Al anunciarse la primavera, los olores de las flores invadían todo el espacio, la huerta comenzaba a demostrar su presencia, las hierbas resplandecían. En ese tiempo algo personal turbó mis maravillosos días, tuve mi primera menstruación, era señorita. Mi madre asustada, ya que tenía once años, no sabía como encarar tan trascendental hecho. Yo lloraba y rezaba, no quería quedar embarazada. Eludía jugar con Tito, creía que ante el menor roce de nuestras manchas venenosas podía embarazarme. Las pobres vírgenes y el Corazón de Jesús de yeso, del altar de mi abuela, estarían agotados por mí súplicas. Pero no claudiqué y seguí con mis juegos.
Una noche, agotada por el trajín diario, me dormí leyendo una novela de Alejandro Dumas de una de las revistas literarias que nos traía mi padre. Tuve pesadillas, me desperté al amanecer sollozando y transpirada. Cuando llamé a mi madre noté revuelo en la casa, los mayores iban y venían, cuchicheaban. Mi tía y mi abuela me atendieron, y a fuerza de cariño y mimos lograron que me duerma. Por la mañana, era sábado, toda la familia estaba reunida en la cocina, no me llamó la atención ya que eran comunes esas reuniones cuando estaba mi padre, el mate pasaba de mano en mano mientras se charlaba de cuestiones hogareñas, en las cuales no estaban exentas las discusiones. Pero ese día estaban callados, tuvieron que contarme la trágica realidad; el ovejero alemán de Don Alberto había saltado la ligustrina por la noche destrozando a Ramón, mi cordero negro. Fue terrible. De ahí en más las tardes primaverales se oscurecieron como si una fina llovizna de cenizas las cubriera. Sentía una sensación de tristeza, por primera vez conocí el adiós definitivo, la pérdida de alguien muy querido. Mi niñez se esfumaba entre los olores e imágenes con la fugacidad de esa época. La muerte de Ramón fue la bisagra que señalaba con profundo dolor el tránsito hacia la adolescencia.
Don Alberto nos citó a mi padre y a mí en su casa. Por primera vez entraba. Era hermosa; muchas plantas, muebles valiosos, fotos en las que se lucía Don Alberto junto a premios obtenidos en carreras de auto, otras en el Hipódromo, su esposa ejecutando el violonchelo. Por observar todo casi no escuché lo que discutían. Don Alberto prometió indemnizarnos por el asesinato de Ramón.
El tiempo, con su juego perverso, dibujando parábolas entre la inconsciencia y la consciencia, se deslizó inclaudicable. Transitando el último lustro de los cincuenta, la situación política del país era grave, mi padre no dejaba de hablar sobre el tema, la radio ocupó el lugar predominante en las reuniones familiares. Un domingo, a la hora de almorzar, observé con extrañeza que no había movimientos habituales, recién llegada de misa con mi abuela, corrí hacia la cocina para disfrutar de los preparativos. Mis hermanos estaban sentados a la mesa y todo dispuesto para comer. Me explicaron que llegaría un asado de la panadería. Era habitual, cuando el asado era muy grande que el panadero alquile el horno. Al fin llegó, dispuesto en una inmensa bandeja, se veía dorado con papas de guarnición. Emanaba un exquisito olor que invitaba a comerlo. En un pinche había una tarjeta, en ella estaban las disculpas de Don Alberto, nos enviaba un cordero asado con intenciones de paliar en algo la muerte de Ramón. El Gran Gorilón creía que estábamos criando al corderito para comerlo. Me descompuse, una impotencia furiosa me invadió, odié a mis vecinos.
A mediados de septiembre los militares derrocaron a Perón. Era la “Revolución Libertadora” Mi padre estaba de luto, vaticinaba tiempos cruentos para nuestro país. Cuando pasaban por la calle marchas cantando loas al nuevo gobierno, salía desesperado a insultarlos, mi madre lloraba, sabía que podía ir preso. Por las noches comentaban las atrocidades que estaban cometiendo los militares con los peronistas, los comunistas y las organizaciones obreras. Al atardecer había “Toque de Queda”, no se podía transitar por las calles, las leyes militares eran muy duras. Con Betty, como desafiando la fuga de la niñez, nos escapábamos después de la hora prohibida y nos refugiábamos en la pequeña empalizada de la casa de Don Alberto. Ahí escondidas, espiábamos los tanques de guerra que pasaban por las calles escrutando alguna violación del “Toque de Queda” por parte de grupos de resistencia. Una tarde, en una de nuestras habituales aventuras, en las que de una manera masoquista, sufríamos, pues pensábamos que si nos descubrían iríamos presas y sin más nos fusilarían, escuchamos tiros dentro de la casa de Don Alberto. No puedo describir el terror que sentimos. Por supuesto huimos, agachadas, protegidas por el crepúsculo, temblando de miedo, hacia nuestras casas.
Don Alberto se había suicidado, no pudo soportar una enfermedad incurable. Con el tiempo su esposa se mudó a un departamento del centro de la ciudad. El ovejero alemán fue regalado a unos amigos del campo, el loro fue obsequiado a mi familia.
Aún tengo en mis oídos, cuando al atardecer llegaba del secundario, la metálica voz que repetía_ Buenas tardes, vieja loca, vieja loca. Entonces sentía una profunda melancolía y me iba hacia el fondo de la casa, quería ver si las hierbas aún resplandecían.*******************************************************
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6 Octubre 2010
SI ME PINTAS. Ana María Manceda. En Antología" El color de las palabras" Junio 2009
Si me pintas la cara
píntame una sonrisa, grande muy grande
tan grande que le de sombras
al dolor que sube por mi garganta
que viene desde el estómago, ahí
donde se estrelló mi alma. Y a mi mirada
¡ ah! Solo píntale un poco de rojo
y un asomo de lágrimas.***
servido por ANA MARÍA
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1 Octubre 2010

( Poesía seleccionada para antología “ Argentina en versos y prosas” de Ediciones Raíz alternativa ) Edición en Junio 2006.Buenos Aires.
Hablemos de amor...
Ligeramente, apasionadamente, como quieras
Hablemos, solo hablemos.
Ignoremos por un rato las miserias humanas.
Ignoremos por un rato la pobreza, los suicidios
Sobre todo los del alma.
Hablemos de amor..
De ese amor que nos permita
andar descalzos por la tierra y cobijados de piedad.
Hablemos de amor...
Mientras escuchamos la ligera melodía
que produce el temblor del planeta en su veloz viaje.
Hablemos de amor...
Recostándonos sobre la lava seca y fría
disimulada por hierbas y bosques.
Hablemos de amor...
Quizás aparezcan duendes mágicos
que pinten de colores sonrisas universales.
Hablemos de amor...
Quizás cuando nuestras miradas
Se bañen con gotas marinas
nos olvidemos del ligero temblor de la tierra
y vos y yo nos amemos apasionadamente
vos y yo nos amemos de tal manera
que pudiéramos derretir la lava seca y fría
que se esconde debajo de la hierba.
Por ahora solo hablemos... hablemos de amor.***
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servido por ANA MARÍA
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29 Agosto 2010
MI VIAJE INFINITO. ANA MARÍA MANCEDA.
Cuando una viaja con la luna y juega a las escondidas con las estrellas
no puede, no se permite quedar hundida en el barro
Sí lo transcurre, se desliza, lo patina, es nuestras moléculas.
Pero no se hunde.
Existe un privilegio de nuestra especie, los cinco sentidos.
Siento, lo siento, al mundo, al cosmos,
Lo huelo, lo miro, lo saboreo, lo escucho, lo acaricio.
Y juego, con la luna, las estrellas, el universo.
Brillo, con ellos brillo, la opacidad no me alcanza
Ahí está mi origen, mi todo, mis amores están en esos caminos
Y yo estoy infinita en ese viaje.
Con ellos.***
servido por ANA MARÍA
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